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Que viva el porro!!!

Suena el repiqueteo de las trompetas, los clarinetes, los bombardinos y los trombones. Los primeros rayos de sol dan inicio a la alborada con un cielo multicolor y la música que retumba en la tarima de San Pelayo.

 El porro María Varilla, que abre el Festival del Porro, nos remontó a esa famosa danzarina que fascinaba con su baile y gracia en las interminables fiestas de la región cordobesa.

El compositor Guillermo Valencia Salgado en el libro Horizontes Culturales del Caribe Colombiano, del investigador Martín Orozco, la describió como una mujer de regular estatura, ñango parao, pelo negro trenzaíto, dientes de oro, de ojos grandes que encandilaban como la luz de las estrellas y labios, especialmente el de abajo, como una tajá de patilla.

Quienes alardean de haberla visto en su faena la recuerdan en este momento sublime con su pollera como una amplia bandera y sus pies elevados celestialmente sin levantar polvo. La reina del fandango se despidió de este mundo después de bailar una calurosa noche y refrescarse en las aguas del río Sinú con su cuerpo caliente.

 Esta es la obra más tradicional del Valle del Sinú y con la que anualmente inaugura su festividad San Pelayo. Visitantes de todos los rincones llegaron marcando el paso hasta este pueblo próspero, agricultor y ganadero, a disfrutar  de las fiestas. En medio de los gritos, del juepajé, ay hombe, guipi y rípiti, las bandas participantes y sus trescientos integrantes siguieron con el repertorio de porro bien tocado: Soy pelayero, Río Sinú, El binde, Fandango viejo, El pilón, el tortugo y El sapo viejo.

 Los sombreros vueltiaos y los pañuelos blancos se alzaron en honor del porro, mientras que las caderas se contonearon dándole colorido y alegría al folclor. El sol mostró su esplendor y el calor revivió las raíces de esta tierra de gente amable, noble y sencilla que demostró con una sonrisa la felicidad y el éxtasis.

 San Pelayo tiene sabor a porro y a música, que es el alma de las festividades. En las calles, en las casas, y en los parques retumba este aire desde la mañana hasta que los cuerpos caen vencidos por la magia del contrapunteo entre los instrumentos.

El bombardino muge como el toro bravo en las corralejas; el clarinete imita el trino del turpial, del canario y de las aves de monte; los trombones recuerdan los pájaros como el yacabó y el carricarri cuando está harto de culebra, armonizando, marcando y contramarcando el ritmo; y las trompetas, que inician con su sonido estridente y jerárquico la melodía, la terminan dando la última nota.

Las bandas musicales del pueblo son conformadas en su mayoría por campesinos que dejan por tres días las labores del campo y su machete, para salir con sus abarcas tres puntá y su instrumento en la mochila, heredado de sus abuelos, a mostrar con profesionalismo y destreza la interpretación de las melodías. Muchos de ellos participan convencidos de que el porro en San Pelayo jamás se acabará. Ahora sus hijos y nietos hacen parte de este jolgorio que viste de gala a toda la región.

La historia de las bandas viene de los siglos XVII y XVIII, cuando llegaron los primeros instrumentos metálicos en barco por los lechos de los ríos Sinú y San Jorge. Los pitos hechizos hechos con vegetales desaparecieron y fueron reemplazados por la trompeta, el bombardino por el trombón, el clarinete y la percusión, mezclándose con las raíces africanas y los lamentos campesinos e indígenas para que a la orilla del Río Sinú sonara el porro.

El arraigo musical de los pelayeros se siente. La tradición perdurará y el mito del porro seguirá marcando las notas de María Varilla. Los porros los escucharán los que se fueron, los que están y los que vendrán, atraídos por la magia que produce la
 música de viento.

Que viva el porro!!!

Texto CLAUDIA CUELLO 

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